Hija de... Entrenador
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Concluida su etapa como futbolista profesional, una etapa brillante en las filas de clubes de su país como Newells Old Boys o River Plate y culminada en España con la consecución del subcampeonato de Liga en la temporada 48/49 con el Deportivo, mi padre inició su carrera como entrenador. En ese trance, nací yo.


Y ahí empecé a conocer la cara más austera del fútbol. Aquello de que “cuando se gana, gana el jugador y cuando se pierde, pierde el entrenador” es auténtico, como lo redondo del balón.


Cuando llegamos de Venezuela, donde mi padre era el seleccionador nacional, nos asentamos en Ferrol. El Racing, entonces en Segunda, fue nuestra primera casa. Lo recuerdo en la mesa del comedor haciendo cábalas sobre entrenamientos, estrategias y sistemas. Entonces llegaba el domingo, el equipo perdía y en el antiguo Manuel Rivera, se escuchaba: “Franco, no tienes ni idea”, “Burro”, “Fuera”… Y ahí, en la grada, estaba yo. 9 años.


Posteriormente hubo campañas tranquilas e incluso felices. Entonces la labor del entrenador pasaba prácticamente desapercibida. Era lo mejor que nos podía pasar. Yo hablaba mucho de fútbol con mi padre. Era un argentino atípico. Casi tenías que rogarle que compartiera sus vivencias con su curiosa hija aprendiz de futbolista. Como cuando Venezuela empataba 0-0 contra Brasil en el descanso de un clasificatorio para el Mundial de México 70. Nadie se podía creer aquel resultado. Era la Brasil de Pelé!!! Al final 5-0 para los cariocas. Fue bonito mientras duró.


Con el tiempo me convertí en periodista deportiva. Me sigo sintiendo futbolista. Pero sobre todo, lo que siento es un respeto absoluto por la figura del entrenador. Es el primero en la línea de fuego, viaja solo y depende de sus guerreros. Es la presa fácil de prensa, aficionados y directivos.


De un tiempo aquí, la profesión de entrenador se ha teñido de glamur de la mano de los Guardiola, Mourinho, Zidane o Pochettino. Pero el grueso de la profesión no es eso. El hábitat natural del entrenador no tiene luces de neón y es la lucha por tener a toda su gente motivada, dispuesta a darlo todo jueguen 90 o 3 minutos, pensando en “modo equipo” y, si puede ser, fresquitos y en estado de gracia. Y a partir de ahí, el fútbol, que no es poco con sus múltiples caprichos.


Quizás alguno piense que bastante peor es picar piedra, salir al mar, o limpiar una casa. Sobre todo pensando en lo que se llevan al bolsillo. Cierto. Ganan bastante bien. Y hacen lo que les gusta, que es importante. Sí. Pero dentro de este mundo un tanto onírico del fútbol, la figura del entrenador es la más débil. Por las críticas de la afición pero, sobre todo, por una parte de la prensa que en ocasiones tira al pichón cuando se está a la robaliza.


Salud y suerte.

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