Suele pasar que los acontecimientos más desagradables suceden cuando nadie los espera ni los desea. Ante estas situaciones luego llegan las lamentaciones, que no conducen a nada, y solo evidencian que los responsables de evitarlas no han estado a la altura de las circunstancias o, lo que es peor, no tienen la capacidad para ostentar unos cargos que les quedan muy grandes al no preverlas y, de este modo, tratar de evitarlas.
El pasado lunes el Valencia perdió en Mestalla ante la UD Las Palmas por 2-3. Esta derrota, la sexta en diez jornadas del plantel entrenado por Rubén Baraja, ha provocado que sea el colista de la tabla clasificatoria de la Primera División al contabilizar seis puntos. Aunque la posición del equipo no es irreversible, está a dos unidades de la permanencia y todavía queda un mundo para que finalice la presente edición del torneo de la regularidad, muchos han aprovechado su irregular marcha en el campeonato para a la conclusión del mencionado encuentro sembrar el caos en la ciudad de El Turia al provocar incidentes que obligaron a la intervención de agentes de la policía para que el desconcierto generado no fuese a mayores.
Uno contempla con desasosiego como en las últimas semanas se repiten estos hechos deleznables en el fútbol español. Sin embargo lo más preocupante del problema es que nadie parece querer frenarlos. Quizá sea tarde cuando se decida actuar al permitir que el mal se haya dimensionado de tal forma que sea complejo atajarlo y erradicar la violencia de los estadios ya sea una cuestión de estado.