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El semáforo está en rojo

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Ni a base de récords de infectados abrimos los ojos. Como con las multas de tráfico, que no somos conscientes de ellas hasta que nos tocan a nosotros y no al vecino, tal vez pensamos que esto del coronavirus no es para tanto, que se pueden empezar nuevas ligas con garantías. El Covid-19 es una catástrofe que, por mucho que se cumplan las medidas de seguridad, no entiende de hostelería, de centros comerciales, de hospitales ni de campos de fútbol.

Cada sector defiende lo suyo alegando motivos en los que la razón se funde con la desesperación. Los bares, con los datos en la mano, tratan de demostrar que solo un porcentaje mínimo de los contagios, prácticamente insignificante, se produce en sus establecimientos. Lo mismo sucede con la parcela inmobiliaria o la del turismo.

Intentar justificar que en una cafetería no se producen contagios, cuando los consumidores comen y beben, como es lógico, sin mascarilla, tiene un trasfondo únicamente económico. Familias que viven de esa cafetería, que no están respaldadas por los organismos (in)competentes y que, para poder comer, necesitan mantener a flote su única fuente de ingresos. 

¿Cómo es posible que, con la que está cayendo después del inaceptable #salvemosonadal, un grupo organizado que trata de defender sus intereses sin demasiados escrúpulos considere oportuno que se dispute una categoría totalmente amateur como la Preferente o diferentes ligas de fútbol base? ¿Para poder vivir gracias a su única fuente de ingresos? No, para enriquecerse a costa de entrenadores, jugadores y directivos que arriesguen sus vidas y las de los suyos. Practicar deporte es muy sano, pero esa no es la cuestión. Los jugadores hacen un test cada dos semanas –o aunque sea cada semana– pero entrenan y compiten sin mascarilla. ¿Y las otras 22 horas del día que no están en el campo de fútbol? ¿No trabajan, no estudian, no se relacionan? Con tal de que se contagie uno y aunque los 19 restantes vivan en una burbuja, ya se multiplicarían los infectados. El fútbol de Preferente y el de muchas otras categorías no es un negocio de primera necesidad como para tener que estar abierto con el fin de que unos asciendan mientras otros se lucran.

Normalmente, en los semáforos se producen muchos menos accidentes que en las rotondas. Son más tajantes.  En verde, puedes pasar. En ámbar, detente salvo por cuestiones de seguridad. En rojo, debes parar. El semáforo de la situación en Galicia, incluidas las ligas de fútbol, está en rojo por mucho que algunos den vueltas y más vueltas en la glorieta de la hipocresía.

El semáforo está en rojo