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Un equipo con mayúsculas

La selección española tras recibir la medalla de bronce el pasado domingo en Egipto | KHALED ELFIQI/efe
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La más que merecida medalla de bronce conquistada por la selección española de balonmano en el Mundial de Egipto, premió el compromiso de un grupo que ha hecho de la palabra equipo, la clave de sus innumerables éxitos.


Y es que la fortaleza de los Hispanos reside en el colectivo, un grupo homogéneo y sin fisuras, en el que como no se cansa de repetir una y otra vez el técnico Jordi Ribera, “en cada partido el protagonista puede ser un jugador diferente”.


Si ante Francia, en la lucha por la medalla de bronce, fueron el portero Rodrigo Corrales y el lateral Alex Dujshebaev los que acapararon los focos, en otros encuentros los puntales fueron el extremo Ángel Fernández o el guardameta Gonzalo Pérez de Vargas.


Sin olvidar, como no, al joven Dani Dujshebaev que no ha dejado de crecer partido a partido a lo largo del torneo, hasta convertirse, sin lugar a dudas, en la mejor noticia del equipo español, que comienza a ver con optimismo el obligado cambio generacional que afrontará tras los Juegos.


Incluso el debutante Rubén Marchán tuvo su cuota de protagonismo con los seis goles, sin fallo ninguno en el lanzamiento, que anotó en los cuartos de final ante Noruega.


Sin estrellas

Todos suman en este equipo español, todos se sienten protagonistas, todos se saben partícipes de los éxitos de una selección a la que no le hacen falta estrellas para convertirse en el mejor equipo.


Una fortaleza colectiva que se debe en gran medida al trabajo del técnico Jordi Ribera, que no sólo consigue, gracias a su inteligente política de rotaciones, que España llegue más fresca que sus rivales al tramo final de los campeonatos, sino que no permite que ningún jugador se pierda para la causa.


Si Aitor Ariño no logra brillar en sus primeros encuentros, ahí está el seleccionador para darle un espaldarazo otorgándole la titularidad ante Dinamarca en las semifinales, o si a Dani Sarmiento le cuesta encontrar el ritmo, Ribera sigue dándole minutos importantes para que acabe siendo de nuevo una pieza fundamental.

Labor de dirección que ha permitido al conjunto español no dejar de evolucionar a lo largo del Mundial, ir añadiendo matices a su juego, engrasar todos y cada uno de los mecanismos hasta alcanzar este nuevo metal.


Un podio que recompensa la madurez competitiva de un grupo al que parece imposible hacer descarrilar, un equipo que sea cual sea el marcador siempre transmite seguridad, sabedor en todo momento de lo que tiene que hacer y cómo hacerlo para poder ganar.


Dolorosa derrota

Aplomo que no desapareció ni en la única derrota, la encajada ante Dinamarca en las semifinales, en un choque en el que a los numerosos aprietos en el que le puso el equipo danés, a la postre el campeón mundial, llegó a los últimos minutos de juego con la posibilidad de poder empatar.


Un hecho que hizo todavía más dolorosa la derrota, porque los Hispanos eran conscientes de que este era su Mundial, sabedores de que el oro estaba al alcance.


Pero si por algo destaca este equipo es por su fortaleza mental y pese al duro varapalo, apenas tardó unas horas en rehacerse para colgarse la medalla de bronce.


Un bronce que no sólo sirve para agrandar la leyenda de los Hispanos, sino para ratificar el cartel, como uno de los máximos favoritos, con el que afrontarán los Juegos Olímpicos de Tokio. 

Un equipo con mayúsculas