¿Qué ocurrirá?
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¿Qué ocurrirá?


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Ese nerviosismo acumulado en los instantes previos a saltar al campo. Las últimas arengas, mientras destensas los músculos y te preparas para la batalla, la última, la definitiva. Esos segundos que no pasan, que no llegan, antes de irrumpir en el verde.

Un césped donde hace nada rugían miles de gargantas, que llevaban en volandas en los equipos, y que ahora se han apagado. No porque hayan dejado de animar, sino porque los estadios se han tenido forzosamente que vaciar debido a una pandemia mundial.

La última jornada liguera implica que todos los encuentros en los que hay cosas en juego (ascensos, descensos, promociones) comiencen a la vez. Imposible no pensar durante el partido en lo que sucede en aquellos estadios en los que tú también juegas tu partido. Porque primero tienes que hacer tu trabajo, pero a veces también necesitas una dosis de ayuda de los rivales.

Y mientras dirimes tu propia batalla en el campo, contra tu rival, disputas otra contra ti mismo. Contra los malos pensamientos, el miedo, la losa que ha supuesto una temporada infame, en la que te juegas todo en 90 minutos, pero que no solo depende de ti.

Piensas en qué estará pasando en otros campos, si será o no suficiente tu esfuerzo, y en cada aproximación a las gradas tratas de adivinar en los ojos de tus compañeros, si directamente no les preguntas, cómo van el resto de choques. 

Dependes de dos equipos que se están jugando como tú la vida, que se han mostrado más fiables que tú y que habrán acudido a sus compromisos con el cuchillo entre los dientes.

Pausa de hidratación y preguntas el resultado de esos partidos. Descanso, sigue estando todo por decidir, y afrontas una segunda parte a cara o cruz. Tus rivales se atragantan con la responsabilidad de depender de ellos mismos.  Ya te pasó a ti en el pasado. Cuando más fácil lo tenías, dos veces, descendiste. Y otros, que dependían de ti, sonrieron con tu derrota. 

Ahora eres tú el que tiene que hacer los deberes y esperar acontecimientos. Pasan los minutos, los oponentes no son capaces de pasar del empate y tú necesitas ganar. El tiempo pasa implacable cuando hay cosas en juego. Y con cada minuto consumido sientes que se te escapa el aire.

Tiempo añadido, un gol marcado y un grito ahogado por una revisión de VAR, a la que te aferras. Han terminado los dos encuentros, todo a tu favor, pero todo depende de si esa diana sube al marcador. Sería un final soñado, alegría cuando ya no quedase tiempo ni para respirar y una herida que se cierra en el último suspiro ¿Qué ocurrirá?

¿Qué ocurrirá?

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