Nuestro derecho a movernos
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Los continuos éxitos que obtiene el deporte profesional y de alto nivel en los últimos tiempos, suponen una inyección emocional que se contagia a toda la ciudadanía. Sin distinción de sexo o condición, existe un cierto orgullo de pertenencia que nadie puede negar, porque nace de lo más profundo de nuestra fibra sentimental. Lo más grave de este triunfalismo, bien recibido por esos “políticos del deporte” que salen en la foto sin sudar la camiseta y que, posiblemente sin saberlo, hablan principalmente del deporte que hacen unos pocos que se ha convertido en una industria para el entretenimiento y ocio de la mayoría.


Por otro lado, los programas electorales que se refieren a la política deportiva, algún partido político llega incluso a ignorarla en el contenido de su programa electoral, suelen plantear como estrategia fundamental un mejor tratamiento del llamado Deporte de Base, en su error de considerar que se refieren al “deporte para todos” en la población infantil y juvenil. Pero, lo cierto es que el deporte de base no está pensado para el conjunto de la población antedicha, pues tiene un carácter selectivo, requisito indispensable para promover, detectar y, en su caso, seleccionar el talento deportivo, como vivero que nutre el deporte de alto nivel. Por ello, es necesario clarificar que el llamado Deporte de Base y lo que se ha venido denominando como Deporte Para Todos (actualmente, se usa la expresión “deporte social”) son conceptos diferentes, al igual que también son distintos, en cuanto a sus fines y metodología. En ningún momento pretendemos decir que sean antagónicos, simplemente afirmamos que son ámbitos deportivos diferentes.


Es más, desde siempre, estuvimos convencidos de que es posible en el marco de una política deportiva seria, compatibilizar el deporte social con el deporte de rendimiento del que forma parte el deporte de base. Nada se puede objetar a la existencia de un deporte de alto nivel, aunque convendría que, desde una política deportiva sistémica y sin menoscabo de intentar superar una marca o de favorecer que los mejores puedan subir al pódium, se adoptaran decisiones estratégicas para impulsar medidas que garanticen el derecho de las personas a moverse, eliminando cualquier obstáculo o barrera. Mientras que, en el deporte de rendimiento, la persona debe adaptarse al deporte, es decir, está sujeta al cumplimiento del reglamento técnico y de competición que corresponda, en el deporte social es el deporte el que tiene que adaptarse a la persona, según sus capacidades y limitaciones.


Si en el pasado reciente hemos reclamado el derecho al deporte de todas las personas y por ello nació el Deporte Para Todos o deporte social, entiendo que ha llegado la hora de dar un paso más, entendiendo el deporte social como el “derecho a moverse”. Estamos ante un derecho básico que va más allá del “derecho al deporte” y que debe garantizar que los seres humanos puedan desenvolver y experimentar la motricidad necesaria frente al creciente “analfabetismo motriz” que existe en las sociedades desarrolladas. Este déficit surge del carácter sedentario de dichas sociedades, entre otras razones, por el desarrollo tecnológico y el diseño urbano de las ciudades, aunque personalmente entiendo que está condicionado por una carencia educativa, tanto en el seno familiar como escolar.


Generar las condiciones necesarias para realizar el esfuerzo motriz que necesita nuestro cuerpo para lograr una condición psicofísica óptima, ya sea por medio del deporte federado, del deporte social o, a través de cualquier otra actividad física, supone una demanda tan importante como la emergencia ecológica. No cabe defender el “medio ambiente externo” del planeta que habitamos los seres humanos, sin reclamar al mismo tiempo, políticas que favorezcan y protejan el “medio ambiente interno” que conforma nuestra realidad corpórea.


Presidente de Agaxede

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